Presente y pasado, ¿somos el reflejo de lo que hemos sido? ¿Qué vemos cuando nos miramos en el espejo? ¿nos gusta, nos disgusta, nos asusta, nos enfada, nos entristece, sentimos nostalgia? ¿Asumimos nuestro presente, si entre él y el pasado median muchos años de por medio?
Observa:
Amplía con un click en la foto.
www.tomhussey.com/ Galardonado fotógrafo estadounidense.
En su campaña "Reflections" mostraba la imagen en un espejo de una persona mayor y su versión joven. La idea se le ocurrió hablando con un veterano de la segunda guerra mundial, de 80 años, que le dijo: "no puedo creer que tenga 80 años, siento que acabo de regresar de la guerra. Me miro en el espejo y veo a este tipo viejo".
Los años pasan por nosotros... quedan los recuerdos.
En su campaña fotográfica "Reflejos", Hussey hace hincapié en la memoria a largo plazo, la que conservan los pacientes con Alzheimer. Estas imágenes se utilizaron en la campaña Novartis para comercializar un fármaco para dicha enfermedad. Las fotografías dieron la vuelta al mundo.
¿Cualquier tiempo pasado fue mejor y, quizá por eso, perdura en nuestra mente con fuerza? ¿Lo idealizamos? ¿Es efecto exclusivo de la enfermedad o también una persona sana, de cierta edad, siente que su cuerpo envejece mientras su mente se estanca en épocas en las que, tal vez, no sabía que era feliz? ¿Nos seguimos viendo, en nuestro interior, como aquéllos/as jóvenes activos, cargados de proyectos e ilusiones, inconscientes todavía de lo efímero que es nuestro viaje en la vida?
Este es un microrrelato que ya publiqué AQUÍ y también en mi blog de escritura en otra ocasión, pero que pienso que puede ilustrar la entrada perfectamente, sobre todo a quienes no lo leísteis en su momento o no lo recordáis.
EL REFLEJO DE OTRA
Lola se mira en el espejo detenidamente, examina la imagen que refleja, la analiza, no la reconoce como suya y la repudia. La mujer del espejo implora su atención, es una llamada muda, un grito silencioso y, sin embargo, exigente. Lola se resiste a escucharlo, pero es demasiado imperioso y no puede evitar alzar sus párpados arrugados.
Cree vislumbrar algún rasgo en aquél rostro que le resulta vagamente familiar, e intenta retenerlo en un primer plano, superponerlo al reflejo que desdeña, ese que no se corresponde con su realidad. Ella es la otra, la que todavía asoma detrás de los pliegues de sus muchos años, la de la mirada limpia, la de la sonrisa tímida. A esa sí la reconoce, la siente latir en su interior.
Y la acaricia dulcemente posando su mano huesuda en el espejo, ese maldito embustero que se empeña en engañarla.













